domingo, 24 de marzo de 2013

Acerca del sistema penitenciario cubano


Dania Virgen García

Muchos presos son adictos a las drogas en las más de prisiones que hay en toda Cuba. Innumerables presos  llegan a los hospitales graves o mueren  sobredosis de estupefacientes.

Las drogas también están relacionadas en muchas ocasiones con los constantes casos de reclusos que se autoagreden asfixiados por los maltratos de los carceleros. Igualmente casos de suicidios y de enfermos  críticos que esperan años por un consuelo.

Es un desastre masivo y sistemático que resulta casi imposible que se pueda arreglar.

Las deterioradas prisiones carecen de condiciones mínimas para la vida humana, tanto en las instalaciones cerradas como las abiertas. En ellas no se respetan los principios de las leyes internacionales para el tratamiento de los presos.

El sistema penitenciario cubano se hunde cada día más debido a la corrupción de los carceleros y jefes provinciales y nacionales de la Dirección de Cárceles y Prisiones. Hablan de reeducar y rehabilitar a los presos pero en realidad, si no terminan asesinados, salen con sus vidas destruidas.

Por desgracia existen personas inexpertas dentro de cuba y fuera de ella que rehúsan creer lo que sucede días tras días tras los barrotes y muros de estas cárceles.

A fin de cuentas, a estos incrédulos poco les importa hacerse cómplice de los crímenes despiadados, las torturas, las desapariciones, las muertes en circunstancias extrañas, la injusticia, la desigualdad social, la violencia y los vicios instaurados por los Castros y sus partidarios.

Los más humildes y los jóvenes  son los más propensos a ir a parar a las prisiones. Estos jóvenes  se convierten en los peores delincuentes y  en matones para poder sobrevivir en la cárcel, además de ser utilizados por los carceleros y jefes.
Lo cierto es que el problema está disfrazado, y las cifras de reclusos muertos se disparan cada año, repitiéndose la historia, sin cambiar nada.

El sistema penitenciario cubano acumula un reprobable récord  de muertes y crímenes.

Resulta inconcebible que no se pueda obtener el respaldo mundial para que se respeten las normas internacionales de derechos humanos. 

Los actos de violencia en las prisiones cubanas violan  sistemáticamente las normas del derecho humanitario internacional.

En vez de reeducar y rehabilitar a los reclusos para la reinserción social, decenas de ellos reciben maltratos físicos, producto de la carencia de vocación humanista e insuficiente profesionalidad de los carceleros, que son entrenados para odiar y matar, y no para cumplir con el respeto y el control de la aplicación de leyes, reglamentos y políticas.

Los presos son golpeados brutalmente y lesionados por los carceleros hasta con peligro para sus vidas. Los guardias de las prisiones emplean  distintos métodos de torturas, son desnudados y colgados por las manos en las puertas de las celdas de castigos por más de 24 horas, privados de alimentos, y agua para beber. Estos métodos son empleados en su mayoría con presos con tratarnos mentales, tendencias suicidas, o auto agresores. Los torturadores gozan de impunidad ya que casi siempre responden a  órdenes superiores.

La violencia engendra violencia: en las cárceles son frecuentes  las riñas entre reclusos.  

Decenas de presos deciden quitarse la vida, sumidos en la angustia y el abandono legal. Muchas veces, los mismos guardias estimulan a los presos al suicidio.

A todo este desastre hay que agregar los cientos de presos jóvenes que permanecen aislados de todo contacto humano, o que conviven con matones, pederastas, asesinos,  cumpliendo condenas que oscilan entre los 10 y 20 años.

Parte de esta calamidad son los enfermos en fase terminal, con trastornos mentales severos, los incapacitados, los invidentes, los enfermos con el VIH-SIDA, tuberculosos, y otras patologías incompatibles con el régimen penitenciario.
La pésima alimentación, el hambre, la desnutrición, agravan la situación.  

Los  jóvenes entre 19 y 30 años, son los más vulnerables a convertirse en adictos a los sicofármacos. Al no poder adaptarse al sistema carcelario, toman diferentes tipos de medicamentos en grandes cantidades para endrogarse:  difenhidramina, nitrazepán, carbamazepina, parkisonil, metocarbamol, kogrip, salbutamol líquido, gravinol, teofilina, esparmoforte, y la dercofeína. Cambian estos medicamentos por cigarros, y cuando no tienen cigarros, los cambian por colchones, ropas de camas, artículos de aseo, zapatos, el pedacito de pollo que dan cada 15 días.

Solamente tienen acceso a estos medicamentos los médicos y enfermeros, pero como por arte de magia, llegan a parar a las manos de los presos.

Sin son sorprendidos, aunque el negocio sean con ellos o con algunos de los carceleros, los sancionan por tráfico de estupefaciente a cuatro y más años para empezar su condena de cero.

Es así como reeducan a los presos en Cuba.

dania@cubadentro.com

 
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