lunes, 3 de septiembre de 2012

Las tiendecitas de los horrores


Aimée Cabrera

Hasta que finalizó la quinta década del Siglo XX, irse de tiendas era todo un paseo. Las personas lucían elegantes pues así tenían la posibilidad de poder entrar en los mejores almacenes y ser atendidos con todos los requerimientos propios del comercio.

En la actualidad, todo ha cambiado. Las tiendas recaudadoras de divisas o shoppings venden mercancías muy caras para el cubano medio; pero estas no lucen  atractivas. No están bien dispuestas, con precios ilegibles  que tienden a la confusión, o sin precios de venta.

En ocasiones, el colorido resulta atractivo pero el producto no es de los más demandados y las personas se preguntan por qué tanto de lo mismo y cuesta tanto encontrar lo que se necesita.

En estas tiendas, los dependientes lucen uniformes y de primera impresión parecen agradables. Cuando ven que la persona solo pregunta y no comprará ningún artículo ponen mala cara o se dedican a hacer muestreos para ocupar el tiempo libre, para ellos no existe realizar gestiones  de venta.

A ellos solo les preocupa no tener faltante porque tienen que pagar el equivalente con su salario, el cual se afecta meses y hasta años. Para recuperar lo que falta hay mañas como cobrar fuera de caja con un precio alterado y después pasar los códigos, lo que hace que el cliente sea estafado, y por tanto no se lleve con la compra ni el ticket de venta ni la bolsa donde echarlo, pues nunca las tienen.

Los trabajadores que venden en las tiendas no tienen comisión. Las propinas son ínfimas y nunca usuales. Quizás si ellos ganaran una estimulación por la cantidad de personas que atendieran y compraran, ganaran más y habría menos faltantes en las tiendas y más caras sonrientes, cuestión que para nada importa  a los gerentes, administradores y a los dirigentes sindicales de estos comercios.

“El cliente siempre tiene la razón” era un slogan usado en la Cuba republicana, después de enero de 1959, esta fue considerada una  frase burguesa, cambiada por “Mi trabajo es Usted” –cuando le convenía al dependiente-.

Luego apareció la libreta de la tienda con sus cupones y sus ofertas que nada tenía que ver con la moda universal. Las filas de personas para obtener por un mismo cupón tres o cuatro artículos muy necesarios  para que sufrieran el síndrome de la “Cucarachita Martina” (cuento infantil en que la protagonista encontraba una moneda y no sabía que comprar con esta.

Después surgió el mercado paralelo con mercancías de los países socialistas europeos donde las confecciones no se podían comparar en modernidad con las occidentales. Aunque aún muchos recuerdan la perfumería y alimentos variados.

Ahora están las tiendas en CUP (las que llaman tiendas en moneda nacional, ¿y no lo es también el CUC? Estas son deprimentes. Entrar en cualquiera de ellas por las Calles Monte o Neptuno dejan que desear.
Allí además de lo hacinado de los vendedores y trabajadores por cuenta propia, están despintadas, sin mostradores para exhibir. Las perchas no dan más de ropas unas encima de otras, los precios en pesos,  pero por las nubes.

En estas tiendas la bisutería está al lado de discos de larga duración llenos de polvo que nadie va a comprar, o de frascos reciclados con lejía o ambientadores líquidos que no se  sabe como los hacen, piezas de repuesto y artículos de ferretería o talabartería, sin dejar de mencionar los juguetes que quitan las ganas de jugar a cualquier niño.

Allí también se venden con mucha discreción las mercancías que cuestan en CUC en las otras tiendas y hay que pedirlas en voz baja para que aparezcan, como por arte de magia, zapatillas con suela de goma, mochilas o tantas otras cosas perdidas de la shoppings.
Siempre lo más feo y malo para el pueblo. Más de cinco décadas no muestran un camino esperanzador para que las tiendas vuelvan a ser bellas y atractivas; y quienes vayan a las mismas puedan considerar un paseo el visitarlas.

aimeecabcu2003ster@gmail.com

 
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